¿QUIÉN CARAJOS ES EL PUEBLO?

En política, pocas palabras son tan poderosas como “el pueblo”. Todos dicen hablar por él. Lo invocan los presidentes cuando prometen cambios, los populistas cuando buscan dividir, los tecnócratas cuando justifican decisiones, y hasta los dictadores cuando quieren legitimar abusos. Pero, en el fondo, hay una pregunta incómoda que pocos se atreven a hacer:

 ¿QUIÉN CARAJOS ES EL PUEBLO?

 

EL PUEBLO NO ES UNA SUMA, ES UNA IDEA DE PODER

Desde la ciencia política y la comunicación política, sabemos que el pueblo no es una categoría objetiva ni homogénea. No es “toda la gente” ni “la mayoría” ni “los ciudadanos”. Es una construcción simbólica y estratégica: una forma de nombrar a los “de abajo” frente a los “de arriba”, a los “nosotros” frente a los “otros”.

Quien nombra al pueblo, lo construye. Y al construirlo, también decide quién queda fuera: los ricos, los corruptos, las élites, los indiferentes. Es decir, nombrar al pueblo es trazar una frontera, una línea de conflicto.

PUEBLO COMO CONFLICTO, NO COMO CONSENSO

El pueblo no es inocente. No hay armonía ni unidad. Es un conflicto. Es lucha. Es poder en disputa.
Desde las teorías marxistas hasta las más recientes lecturas populistas (como Laclau), el pueblo aparece como fuerza en movimiento, resultado de una fractura, de una injusticia, de una indignación.

Por eso, cuando un líder habla “en nombre del pueblo”, lo que está haciendo no es describir una realidad, sino intensificar una contradicción: entre el pueblo y la élite, entre lo justo y lo ilegítimo, entre el abajo que resiste y el arriba que decide.

LA INDIGNACIÓN COMO MOTOR POLÍTICO

El pueblo se moviliza no cuando hay promesas, sino cuando hay rabia. Es la indignación —frente a la exclusión, la corrupción o la desigualdad— la que lo activa. Y esa indignación, bien comunicada, se convierte en acción colectiva.

La comunicación política lo sabe. Por eso los estrategas usan al pueblo como una marca: lo representan con símbolos, colores, música, y sobre todo con narrativas de lucha y redención. El pueblo no se convence, se emociona. No se administra, se interpreta.

EL RIESGO: EL PUEBLO COMO EXCUSA

Pero también hay peligro. Cuando se usa al pueblo como escudo para anular instituciones, silenciar críticas o concentrar poder, deja de ser un sujeto político y se convierte en una excusa autoritaria.

Por eso, cada vez que alguien dice “yo represento al pueblo”, hay que preguntarle:
¿a cuál pueblo? ¿con qué mecanismos? ¿con qué límites?

CONCLUSIÓN

“El pueblo” no es un dato. Es una disputa. Es palabra, símbolo, fuerza y mito.
No está en las encuestas, sino en las calles, en las urnas, en las crisis, en los relatos. Y aunque no exista como unidad real, su invocación mueve montañas.
Por eso, quien controla el relato sobre el pueblo, controla el sentido del poder.

Entonces, volvamos a la pregunta:
¿Quién carajos es el pueblo?
La respuesta, como todo en política, depende de quién lo diga, para qué lo diga, y contra quién lo diga.

EQUIPO PUNTA DE LANZA 

 

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